Creemos en un cadáver resucitado (II)

Quiero que sepas que si me estás leyendo hoy, después de lo que escribí la semana pasada, lees unas cosas muy raras. La buena noticia es que no estás solo: hay muchos más como tú. Aunque no se vean… Pero seamos sinceros: la historia esta de un muerto que resucita se cae por todos lados. No se puede convencer a nadie de esta idea solo desde las ideas; pero sí desde la experiencia.

Por muy locuaz que sea uno, no le puede convencer a otro de, por ejemplo, que los burros vuelan, porque nadie jamás ha visto a un burro volar: o no vuela, o no es un burro, pero las dos cosas, no.

Por muy buenas dotes de convicción, persuasión, sugestión, seducción, argumentación y todos los ón más cool del mundo comercial imaginable, no puedes convencer a otro de que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas. Solo se acordarán de ti y de lo que les dijiste cuando, años después, en un paseo por el campo vean un banco de peces rumiar zanahorias silvestres a la hora de comer. Y dirán: “¡La madre que lo trajo! ¡Este tenía razón!”.

Así pasa con el cristianismo: el día que conoces a Cristo, dices: “esto es verdad“. Entonces, los que te conocen a ti pero no le conocen a Él, se preocupan. Es normal. Yo lo haría.

Lo que sí puede haber antes de todo esto es una inquietud que te indique su búsqueda, pero generalmente las inquietudes que tenemos son más bien de no iniciar esa búsqueda. Sí de iniciar un montón de otras búsquedas: la del trabajo, la pareja, la casa, el próximo viaje… todas búsquedas importantes y mucho más lógicas que la de un señor que, en definitiva, tiene tanto impacto en nuestra vida como lo pudo tener Julio Cesar, Alejandro o Cristobal Colón, grandes personalidades que llevan bajo tierra mucho más que nosotros sobre ella.

A medida que vamos creciendo y finalizando esas otras búsquedas, puede incomodarnos la inquietud de que, a pesar de haber acabado las búsquedas… ¡seguimos buscando! No sabemos el qué, pero tiene que ver con la búsqueda del para qué. Casa, trabajo, pareja, dinero… Cuando algo se pierde se experimenta que el vacío que deja no lo llena otra casa, otro trabajo, otra pareja y otro dinero. Será otra maravillosa experiencia, claro que sí, —o claro que no— pero con la sombra ya del vacío que dejó lo anterior: el peso de lo temporal, la herida de lo efímero, la incertidumbre del “hasta cuando”. Y sabemos que, al final, al final del final, al final del final de los finales, por mucho que tengamos, nos espera la muerte, bien sea la nuestra o la de todos los demás: Game Over. Sayonara Baby. No va más. Si hay que ir se va… pero ir pa ná…

El hombre de hoy necesita tocar no a Cristo para creer en él, sino su propio límite para empezar a buscar más allá de su propio límite. Y todo lo que tenemos está más acá de nuestro límite. Sin embargo, somos un lío existencial morrocotudo, ¡por algo pasan tantas cosas como pasan! Incluso teniéndolo todo, sabemos que podemos no tener nada o perderlo en cualquier momento, y eso nos mata, es un sinvivir. ¿Por qué ansiamos más? ¿Por qué no nos quedamos tranquilos de una vez? Porque tenemos un corazón, un alma, de durabilidad ilimitada: ahí cobra cierto sentido la búsqueda de uno que nos dejó enseñado que tras la muerte hay mucho más que antes de ella. Se llama Resurrección y, aunque no tiene muy buena prensa entre los cientifistas, hay grandes cientifícos —y no científicos— que creen en ella.

¿Cómo se da esa búsqueda de ese que resucitó sin usar Google en un mundo googlelizado? La semana próxima contaré como me fue a mí, por si te aporta algo.

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